miércoles, 17 de agosto de 2011

…y esa sonrisa de niño que se dibuja en tu cara cuando te escuchan gritar su nombre en algún rincón. Caminar tras de sí, como alma en pena vagando sin rumbo hasta encontrar sinceridad, hasta hallar apoyo; hasta arrojarte sobre unos brazos tenues y rígidos a la espera de ser rodeado sin más. Vivir sin miedo a no saber hacerlo bien, a no ser un genio, a no hallarte en mi propio reflejo. Seguir avanzando por aquella estropeada arteria que se asemeja al destino. Besar con fuerza el suelo por si un día se desvanece y rozar la anhelada boca y sus queridos labios . Allí, entre aquellos lucres árboles codiciaré todo cuanto nunca ostenté por ti, llegaré al clímax en cuanto encrucijadas derrochadas. Me dejaré hundir en la tierra cuál herida hirviendo adentrándose en la misma con objeto de ser quien guíe tus pasos. No temo al infierno, sé que todos acabaremos allí, pero si hemos de ser malvados para ello, déjame pecar por los dos o al menos peca conmigo.