
Hay veces que una simple palabra puede destrozar una vida, hay veces que una mirada confusa, puede significar un inevitable adiós, y hay veces que un silencio aquejado nos puede transportar al olvido.
Llevaba casi tres años pensando en una misma persona, día tras día, noche tras noche. Le conocí de una forma un tanto peculiar, una pelea llevo a otra y una disculpa lo zanjó todo. Nuestra amistad creció fuerte y serena como si de un resistente bloque de acero a prueba de balas se tratase. Nadie era capaz de penetrar ese muro, nadie excepto el mismo tiempo y la desafortunada distancia. Solía despertar en mitad de la noche, pensando en esto. Apenas dormía, hecho al que terminé por acostumbrarme. Al levantarme de la cama en las frías mañanas de invierno, mi mente no se centraba precisamente en que pie poner primero, ni en el gélido suelo que debía proporcionarme algún que otro escalofrío al alzarme por primera vez, sólo podía pensar en que llevaría puesto hoy, en si haría juego con sus soberanos ojos o en si conseguiría atentar contra mi voluntad por un momento y dejar de fijarme en sus suculentos labios.
Cuando le conocí pensé que jamás podría llegar a ser amiga de una persona así, alguien que da solución a todo atentando contra los demás, alguien que pierde los papeles de tal forma que puedes llegar a pensar que estas tratando a una persona totalmente opuesta, pero me dí cuenta que con el paso del tiempo todo cambia…
Ese desapego por todas aquellas cosas que me parecían obscenas se transformó en reparos que aconsejaban de una manera dulce y amable.
Ese desentendimiento y descontento por todo, empezó a tomar sentido y comenzó a llenarme. Jamás había sentido nada parecido, y como jamás lo había sentido, decidí no sentirlo.
Creía que dejándolo pasar acabaría por desaparecer; que tonta fui al pensar aquello…
Me involucré en su vida, como nunca lo había hecho con nadie, me permitió hacerlo y ese fue nuestro peor error y mi mayor engaño. Pero no podía evitarlo, necesitaba verle, cada mañana, cada hora, cada segundo, cada instante, y sin hacerme a la idea de que aquello que recorría mi estómago en busca de respuestas no era otra cosa que ese estimado amor, me dejé llevar por el momento y disfruté al máximo sin pensar en sus consecuencias; esas mismas que hoy se han apoderado de mi alma, de mi mente y de mis fuerzas para continuar en un camino que ayer emprendí de la mano de alguien.
No hay comentarios:
Publicar un comentario