
La encontré tirada en la estación, donde nunca pasa nadie. La soledad de las vías era lo único que le esperaba, puro aroma a nada. Saqué mi cuaderno y comencé a pintar al más puro estilo Titanic. Le mostré aquella silueta desnuda y sonrió, lo llamó garabato y me llamó idiota. Sonreí. - Me halagas (respondí), hoy puedo dormir tranquila. - ¿Por qué? (preguntó) -Porque te he echo reír aun cuando todo a tu alrededor decía llora. Siguió sonriendo y entre risas se lanzó a las vías y empezó a caminar sobre ellas, paso tras paso, alejándose. No dijo adiós, sólo gritó: -¡ Las casualidades no existen!
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